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La grandeza de Emily Dickinson, que sólo vio publicados ocho de los 1775 poemas que escribió, está en haberle sabido dar un rostro al misterio que ella veía en la naturaleza y en su propia alma, en haber practicado una poesía metafísica que no se pierde en abstrusas entelequias, sino que resulta cercana, sensorial, llena de fulgurantes intuiciones. Quizás por eso, de la lectura de sus poemas se sale como de una ardiente bruma, de una inquietante niebla que, a un mismo tiempo, oculta y revela lo que envuelve.
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